miércoles, diciembre 29, 2004

El naufragio (relato apócrifo de una tragedia familiar)

A la memoria de mi abuelo Carlos Aureliano,
en el día de su cumpleaños

Dorotea se acercó confiada a la enorme puerta de entrada sobre la calle de Santo Domingo. Esa mañana, el sol de Buenos Aires, generoso, se desarmaba en melenas de colores al pasar por los vidrios de la banderola, sobre la puerta de entrada de la casona orillera.

Todo había pasado; pero, para ella, el tiempo no transcurría suficientemente: sentía una cercanía pegajosa entre lo que fue la tragedia y lo que, más tarde, le pareció una farsa.

1. La noticia

Rafael Gómez, el viejo timonel colaborador de Carlos, llegó sin aliento con la noticia, que ya empezaba a circular por el puerto. Golpeó la puerta con rudeza y, sin aire siquiera, le dio la noticia a Dorotea en el medio de la sala. Dorotea se tapó la boca con sus dos manos y abrió los ojos tan grandes que pareció desvanecerse, y se dejó caer en el sillón color marfil.

Cuando Carlos, que recién se levantaba, lo escuchó, sintió que le corría un frío por todo el cuerpo. Pero desconfió del viejo Rafael, que a veces inventaba historias sólo para llamar la atención. No podía ser cierto que en alta mar hubiese una tormenta tan absurda, tan solitaria, que sólo afectara sus buques.

Mientras Carlos María Huergo atravesaba con firmeza los rayos de colores que entraban por la banderola para salir a buscar más noticias, Dorotea quedaba sola con los hijos que ya se entregaban a los juegos del verano. Con lágrimas en los ojos echó hacia atrás su mechón cano y se abrazó a Edelmira, y con un suspiro reposó su cabeza en los hombros de la joven, tratando de mitigar una chorrera de imágenes y sueños que se iban haciendo añicos uno a uno.

Era un día caluroso de principios de febrero y Carlos caminaba presuroso por el paseo de la costa del río, camino al puerto, aventajando a Gómez, que había salido junto a él. Vestía levita de hilo negro, pantalones gris topo, camisa blanca y corbata de seda a cuadros color café. Iba ansioso, sintiendo que el corazón quería salírsele por la garganta. El calor se hacía sentir más aún en sus pies presurosos, dentro de las botas de becerro, y en su cabeza invadida de temores y fantasmas, cubierta por ese sombrero de pelo negro con el cintillo color federal. En su corazón llevaba la divisa federal, pero también cargaba con la angustia del momento. El calor parecía sofocarlo, pero no de tal modo como la incertidumbre.

Mientras el hijo mayor de Carlos y Dorotea, también llamado Carlos María, corrió tratando de alcanzar a su padre junto con otros dos hijos, Aureliano y José María, los demás niños ya comenzaban sus andanzas y juegos, sin entender demasiado qué pasaba. Joselín, Luis Augusto, Dalmiro y Alberto entraron corriendo desde el patio de la casa, empujándose y golpeándose, a la sala y quedaron atónitos al ver a su madre, siempre llena de vitalidad, llorando en el sillón consolada por su hermana Edelmira.

Carlos llegó sin aire a la casa del Capitán Thompson, que vivía a unas cinco cuadras, casi en la calle de Las Torres (que seguramente ya se llamaba Rivadavia), cerca del río, y golpeó desesperado a su puerta. Cuando Thompson salió, la suerte parecía estar echada.

Dorotea pensaba en aquel hombre, al que ella conoció enseguida de quedar viudo. Recordaba un rostro amargo, sin sosiego, pero con el ímpetu de un luchador incansable. Ella había sido su descanso y su compañía en los últimos años. Esos años en que, al fin, se habían logrado fortalecer sus industrias, las dos fábricas de preparación y venta de yerba mate. Incansablemente Carlos había viajado a Brasil y a Paraguay para traer la materia prima, y pronto logró comprar sus primeros tres buques. Ella sabía que ese hombre era fuerte, que desde los quince años había comerciado con presteza en las zonas más desérticas de San Juan y Catamarca, no sólo en Valle Viejo, sino entrando hasta la misma Londres del Quimivil. Cómo no recordar sus desvelos y sus ojos de aventura, cuando se instaló en Buenos Aires.

Dorotea temía ahora por la entereza de ese hombre que, para sostener sus fábricas, costeó el pasaje de inmigrantes desde Cataluña, la zona más fabril de España. Ya había empezado a instalar sus doce almacenes con bóveda para las mercaderías, allí, en la esquina de Santo Domingo y calle Cristo. En esa manzana, partida a la mitad por la cortada Tupac-Amarú, hizo su casa cuando se casaron. Cuando los hijos mayores eran pequeños, Carlos había introducido a la Argentina una importantísima partida de carneros merinos para proveer a sus estancias. Era un hombre tenaz, honesto; y en las habitaciones de su casa solía hospedar a gente de paso, pobres, muchos de ellos considerados “bárbaros” por algunas familias porteñas, para darles posibilidades de progreso. Un hombre de pueblo cuya lucha había sido siempre el trabajo.

Thompson en persona salió a atender a Carlos:

-La noticia es muy mala–le dijo, con vos grave y sin querer mirarlo a los ojos. Thompson era uno de los encargados de las comunicaciones en el puerto de Buenos Aires, pero se había mantenido en silencio por prudencia, hasta tanto no contar con mayores certezas.

Hacía menos de cinco años, Carlos viajó a Londres a comprar maquinarias modernas: una picadora de tabaco, una cortadora de papel para cigarrillos, un alambique, una prensa hidráulica para hacer fardos de lana, varios pescantes y guinches para carga y descarga de mercaderías en los almacenes, una máquina de vapor. Ya por entonces tenía unos cuantos barcos: los que ahora se habían hundido, según las noticias que llegaron. Con ellos, también, había recorrido la China y la India, siempre trayendo productos exóticos para la venta en el Plata. Pero fue generoso con sus ganancias, e incluso había financiado en gran parte la cruzada de los 33 Orientales. Pero, más aún, Dorotea evocaba los innumerables momentos en que Carlos se preocupaba por cada uno de sus hijos, por el futuro de ellos, por el hallazgo de su felicidad en la libertad, con amor entrañable. Y también por la encomiable forma de tratar a sus trabajadores, valorando sus destrezas, su hombría de bien y sus demandas de justicia.

-No hay noticias de sus barcos, Huergo –agregó Thompson-. Un gran temporal ha hecho naufragar todos sus buques de ultramar, a unas pocas millas de las Islas Canarias. Es la noticia que tenemos desde Río de Janeiro, por el comandante Soares Salazar, de la marina brasileña.

Carlos María Huergo sintió que todo se desplomaba y cayó en los brazos de su hijo mayor y de Gómez, desvanecido. Sabía que el hecho le ocasionaría el derrumbe económico, con una familia de ocho hijos por mantener y criar.

Dorotea no pudo consolarlo; ya no podía. Carlos entró en un mutismo y una tristeza que le invadían todos los momentos. Fueron varios días de pena. Varias veces en el día cruzaba los pocos metros que separaban su casa de la playa barrosa del río, intentando divisar, o inventar, si fuera necesario, la silueta de sus barcos en el oriente, esa línea del horizonte desde donde todo puede volver a nacer. Sólo quería esperar que la noticia fuera una fantasía, quizás un sueño, de esos de los que alguien, en algún momento, nos despierta para decirnos que es una pesadilla. Al fin, el 8 de febrero de ese año de 1849, una tarde de extremo calor y pesada humedad en la orilla del Río de la Plata, Carlos murió, vencido por la pesadumbre y por unos cuantos días y noches de perplejidad, de atormentado deseo –que suele ser esa decepción del augur cuando los astros ya no dicen nada, cuando todo lo construido ya se ha desplomado.

2. La sudestada

El velatorio comenzó esa misma noche caliente de febrero. Con todo el cuidado y el dolor, Dorotea vistió a Carlos con sus mejores atuendos, para dejarlo sobre la cama del cuarto del hijo mayor. Allí, el fraile Toribio, del convento de Santo Domingo, y las criadas, instalaron la capilla ardiente: una enorme cruz de madera de las Misiones; unos cuantos candelabros de bronce, altos, una imagen pequeña de la Virgen María y unos floreros de cristal a cada lado de la cabecera, con calas y helechos de la estación.

Dorotea entraba y salía de la capilla ardiente; no soportaba demasiado ver a ese hombre allí muerto; pero menos aún toleraba el hedor de las flores y de la grasa quemada de las velas en la noche cálida que anunciaba tormenta.

Los truenos y los rayos de la madrugada arrebataron a Dorotea de su sitio y la llevaron a recorrer, una a una, las ventanas y las puertas de la casa. Siempre desde aquella otra tormenta del año 41, Dorotea cumplía idéntico rito, transida por un miedo extraño, como si la vida fuera una fatalidad de ciclos que se reiteran. Fue hasta los almacenes, miró cada una de las mercaderías y, detalladamente, los ladrillones pegados con barro de las bóvedas. Esos aromas, esas oscuridades, esos fantasmas siempre presentes. No pudo contener el advenimiento del recuerdo de otro naufragio, pero de las cosas de tierra firme.

Mayo de 1841 había sido un mes tranquilo, soleado y ventoso. Pero la mañana del día 19 no parecía benévola. El viento del sudeste aumentaba y la llovizna aguijoneaba los rostros de los caminantes. El río, cada vez, se estaba inquietando y las pequeñas olas marrones tenían crestas blanquecinas. Las sudestadas nunca habían sido tan fuertes como para que llegaran más allá del Camino de las Carretas o de la última esquina de la calle Santo Domingo. Después de todo, Santo Domingo era uno de los barrios aristocráticos de Buenos Aires desde principios del siglo XIX; y una de las casas más lujosas era esta que Carlos había hecho construir en 1828 para olvidar la otra casa de la calle del Empedrado (que luego se llamó Florida), donde había muerto su primera esposa, edificación que albergaba un nuevo ímpetu de vida y esperanza.

Pero la sudestada seguía arreciando. Los chaparrones, ahora, golpeaban con ráfagas las ventanas y puertas de la casa. Y las melenas del río color de león avanzaban lenta pero implacablemente, trayendo consigo la basura perdida en la costa y los olores a pescados de río. Cada vez más, Carlos y Dorotea temieron que ocurriera lo que antes no había pasado. Y, con desesperación creciente, comenzaron a recorrer la casa, con esa expectativa tan parecida a la angustia. Acaso el río, indomable, no entendía las razones de la historia de los hombres y, mucho menos, la industria edificada con desvelos y sueños, ni los pequeños mundos que era capaz de sacrificar a su antojo.

Con melancolía, el paso de Dorotea se fue haciendo lento al recorrer los almacenes, los vastos locales impregnados de un halo de misterio, exhalando aromas entremezclados: el vago perfume de mercaderías exóticas venidas de Oriente, la contenida fragancia de las botellas de aguardiente, o el olor definido de la yerba mate y de los fardos de lana de merino.

Cuando arreciaba la sudestada, la mujer estaba convencida que de ella dependía la salvación de las cosas cotidianas, y no de la porfía despiadada de la naturaleza. Quiso, al menos, mover esas pesadas bolsas de arpillera llenas de yerba mate; al menos pudo subir a unas tarimas de hierro los paquetes cilíndricos de cinco kilos, también de arpillera, con los extremos de madera. Los fardos de lana apilados, en cambio, fueron la rápida presa del agua que subía parsimoniosa pero implacable; y en ellos, el agua se extendía y se embebía como si dejaran vencerse frente a la adversidad. La fuerza de sus brazos, acostumbrada a un Buenos Aires todavía hostil y semisalvaje, no podía resignarse ante el infortunio. Sin embargo, estaba perdiendo la batalla.

Nunca, que se supiera, el río había subido tanto ni llegado tan adentro de la ciudad. El agua subió hasta cubrir los antepechos de las ventanas y, al fin, entró por los alféizares de las que daban al río, venciéndolos unos a uno, y fue creciendo por ellos. Como pequeñas cascadas, entró recorriendo todas las habitaciones hasta llegar a la boca de los sótanos, mientras roía lo que encontraba a su paso. Todo prometía pudrirse, malograrse, hacerse fatalmente inservible. El destino era, en ese mayo, un demonio inflamado que evidenciaba la imposibilidad del hombre y la mujer, la debilidad de sus objetos, la existencia efímera de sus proyectos. El río había traído el barro de su lecho plano; y el barro había subido hasta las ventanas y estaba lamiendo los amplios pisos de la casa.

La sudestada, lentamente, parecía aplacarse. Dorotea estaba exhausta, y sus lágrimas largamente ahogadas y anegadas de incógnita, comenzaron a rozar sus mejillas. Parecía todo perdido: las mercaderías, los cimientos de barro de los almacenes, los paquetes pesados por el agua leonina, el porvenir, la educación de los hijos, la dicha. Sin embargo, exultante, Carlos llegó corriendo hasta ella, revestido de una emoción repentina. “Los buques se salvaron”, afirmó, “y los niños ya están jugando de nuevo”, agitando los brazos para abrazarla, y alentando las esperanzas en el futuro que, hasta hacía un momento, era un desierto despiadado. Los buques estaban, todos, anclados en el puerto, dispuestos para salir a nuevos viajes. Inmediatamente, Carlos salió exultante a convocar nuevamente a esos orilleros laboriosos que fueron construyendo con él una patriada.

Aquella sudestada amenazante se había hecho, ahora, un sino vengativo. Todo estaba derrumbado y exánime junto a ese hombre. Como si ya lo supiera, Dorotea contempló el instante con profunda resignación, con un estremecedor estoicismo.

Por la tarde, cuando ya el sol se ponía dibujando cintas punzó, generosas y sagradas, en el horizonte, la tormenta de febrero había amainado. Carlos, para esas horas, ya descansaba en el cementerio de la Recoleta. A lo lejos, en el confín oriental del río que ahora iba volviendo a ser inmóvil, emergió la figura de un barco, rompiendo la gris monotonía de la neblina baja. Con la adusta y aguzada mirada de un viejo acostumbrado a otear hasta la nada, Rafael Gómez, con ademanes convulsivos, volvió a la casa de los Huergo y exclamó sin aliento:

-¡Es el Nueva Industria!

3. La farsa

Uno a uno, los buques comenzaron a llegar al puerto de Buenos Aires luego de la muerte del padre. Dorotea se debatía entre la alegría por saber que no todo estaba perdido y la desdicha ocasionada por la mortal incertidumbre de su marido. Sin embargo, la casa era un completo bullicio con la presencia de los hijos: tal como le gustaba a su padre, los niños eran libres y felices y dedicaban horas enteras a sus juegos y sus correrías. Quedaba en la memoria esa casa hundida por el barro de la sudestada. Aunque unos cincuenta años después, por un grabado publicado en la revista “World’s Work” (Vol. IV, Nº 5, sep. 1902) sabemos que, al fin, la fachada de la casa fue tragada definitivamente por la nivelación de la calle Belgrano. Pero todo naufragio parecía, al fin, despejarse.

Sin embargo, de a poco las cosas fueron mutando hacia un lugar para Dorotea incomprensible. Si no habría ya naufragios producidos por la naturaleza, acaso se avecinaba el tiempo de las decepciones. El hijo mayor, Carlos María, con veinte años comenzó a regentear la casa, convenciendo a su madre de que era una inútil para los negocios y renegando del modo campechano, casi popular, que había tenido su padre de manejar sus industrias. Y, sobre todo, regañando de los hábitos y las creencias federales de Carlos que, según el hijo, lo acercaron demasiado a las justicias con el populacho y lo alejaron de los lujos de una familia acomodada.

Al principio, frecuentemente discutía con su madre sobre los modos de llevar los almacenes, las estancias y los buques familiares, las nuevas formas de producir riquezas y las modalidades de crianza y educación de los hermanos menores. Frecuentemente, Carlos terminaba bruscamente las discusiones espetándole en la cara, con insolencia:

-El viejo era un vulgar almacenero que no supo disfrutar lo que tenía –y rezongando, de paso, de la filiación federal de su padre.

Eran los tiempos inauditos de la declinación del gobierno de Rosas, y este otro Carlos, imbuido de ideas liberales y europeas, se entregaba a una vida más fácil, alentando cada vez con mayor fuerza la figura de Bartolomé Mitre y de sus secuaces antifederales. La vida para él debía tener otro sentido, tenía que ser otra cosa; por eso gobernó las finanzas familiares para permitirse vivir en el lujo, no sin contemplar la posibilidad de explotar a los orilleros, de repudiar a los “bárbaros” por vagos y de menospreciar a los hombres de trabajo.

Al poco tiempo de muerto su padre, Carlos decidió reprimir las andanzas infantiles de sus hermanos. Pretendía de ellos un orden y una disciplina que con sus propios padres no habían conocido. Y, con el fin de desarmar esa pandilla de niños felices pero terribles, aprendió que la mejor manera era disgregarlos. Así fue que públicamente ungió para sí una imagen de hermano mayor preocupado por la educación y el futuro de los menores, y los despachó bien lejos de Buenos Aires. Casi todos, menos Edelmira, la mayor y única mujer, fueron enviados al extranjero, con la sana y loable excusa del progreso personal: Joselín a Francia, José María y Alberto a Alemania, Luis Augusto y Dalmiro a los Estados Unidos; Aureliano, quién sabe… Entretanto, y con los favores de los antirrosistas, Carlos mismo logró ser designado, a la caída de Rosas, Cónsul en Río Grande do Sul.

-¿Para qué vivir trabajando y encontrar la muerte en la desdicha? –se le escuchaba decir, sin comprender siquiera la felicidad de sus padres antaño, al verlos crecer y jugar, al compartir lo que tenían con otros, al conquistar una libertad más cercana al hecho de vivir que al de una serie de ideales exóticos que necesitan, para el incremento de la libertad, del sometimiento de los otros, aprovechándose de los padecimientos de la pobreza.

Desde su casamiento en la iglesia jesuita de San Ignacio, cerca del Cabildo, Carlos se hizo fama de soberbio e iba ganando su espíritu una actitud avara. Desde la comercialización del tasajo, desde Brasil hacia Cuba, pasando por el saladero de Mocoretá (Corrientes), hasta la explotación de la grasería y el saladero del Palomar de Caseros, Carlos fue reconocido por su rígida frialdad. Con la peonada era inflexible y distante; solía castigar a los más jóvenes, aún a fuerza de látigo, y despedía a los paisanos que, por su vejez, se hacían torpes en las tareas del campo. Entretanto, Dorotea fue muriendo de a poco, llevando consigo los sueños viejos, la libre verdad de la vida plena frente a la farsa de las ostentaciones.

Seducido por los avances del mitrismo y, posteriormente, por la seguridad del poder financiero, Carlos fue uno de los fundadores y, luego, tres veces presidente de la Bolsa de Comercio. Y para congraciarse con los de su clase, también fue cofundador del Jockey Club y directivo de la Sociedad Rural Argentina. Todo un caballero a la usanza de la oligarquía: un “galerita”, como despectivamente solía nombrarlos la chusma popular.

Ya no invadían los aromas de vida los jardines de la casa, ni las fragancias yerbateras o de las especias orientales de los almacenes; ni el aguardiente era valedera frente a las aristocráticas bebidas que Carlos traía de Inglaterra. Su único reglamento era la arrogancia. Los buques, antes de convertirlos en dinero, le sirvieron para el lucimiento, o para comprar y exhibir artículos pomposos, como los platos de porcelana con sus iniciales entrelazadas y con dibujos de pájaros, flores y pastos de las pampas, que ganaron las Medailles D’Or en la Exposición de París, en 1867.

Fue un día, ya entrado el siglo XX, cuando el viejo Carlos, solo, sin nadie que lo acompañara, con la misma suntuosidad de siempre, hizo servirse un pollo a la crema en uno de sus platos premiados en Francia. Se sintió atorado por un trozo, quizás con un huesillo del pecho del pollo. Tosió; tosió hasta que su cara adquirió el color punzó. Tosió tanto hasta vomitar. La escena solitaria evocaba una barbarie subterránea. Ensució su mantel bordado con hilos finísimos de Oriente, pero nadie fue a auxiliarlo. Su rostro vencido cayó sobre la mesa. Nadie supo si murió atragantado por el bocado o naufragando en la esencia ácida de su propio engreimiento.

(Ilustraciones a "El naufragio")


(1. La noticia)



Carlos María Huergo fue hijo de José María de Jove y Huergo, nacido en Gijón y casado en Catamarca con Hermenegilda de Cainzo y Avellaneda (descendiente de conquistadores y de familias fundadoras de las ciudades de Jujuy, La Rioja, Córdoba y Tucumán). Carlos María nació el 4 de noviembre (día de san Carlos Borromeo) de 1795, en Tucumán y fue hombre de grandes empresas, además de armador de barcos. Con esa flota viajó y realizó intensos negocios con países vecinos, Europa y el Extremo Oriente.

(2. La sudestada)


La casa que perteneció a Carlos María Huergo Cainzo (1795-1849) y que luego fue de sus parientes, la familia Azcuénaga, estaba ubicada en la calle Santo Domingo (actual avenida Belgrano), de esquina a esquina entre la calle Cristo y la cortada Tupac-Amarú (hoy, Balcarce y cortada 5 de Julio). Al fondo puede observarse la iglesia de Santo Domingo. Como lo evidencia la vieja foto, las ventanas de la casa están cubiertas en parte por el nivel de la calle.

(3. La farsa)


Carlos María Huergo Regueira fue el primer hijo de Carlos M. Huergo y Dorotea Regueira. Fue el mayor de 8 hermanos: Edelmira, Aureliano, José María, Joselín, Luis Augusto (el famoso Ingeniero Huergo), Dalmiro y Alberto. Aureliano, que se casó con Sofía Miró (parienta del Coronel Dorrego) fue el padre de mi bisabuelo, Manuel Huergo, casado con María Rosa y Centurión (tía del historiador José María Rosa).

sábado, diciembre 25, 2004

Navidad del corazón


Sostengo con dos manos la esperanza
porque sé que es el único aliento
que vive a la intemperie

Y no escondo mi palabra
salgo a vivir con el alma descubierta
el corazón que no canta
no ejerce su oficio con altura

Roberto Santoro, “Las cosas claras”


sábado, diciembre 18, 2004

Un remoto paraje en el corazón


Hay un paisaje que insiste habitar mi memoria, y que está hecho de montañas bajas, quebradas insignificantes y algunos grupos de araucarias emergiendo de entre las rocas. Chiuquilihuín es una agrupación mapuche distante a cuarenta kilómetros de Junín de los Andes, a la derecha del camino hacia Paso Tromen, cruzando el río Malleo.

Dejé al Pampa más allá de la lomada pronunciada donde vivían los Lemunao. Como una despedida, me quedé mirándolo desde lejos, siguiendo su galope libre y su crin dorada, acompañando esas patas un poco chuecas. Al Pampa me lo había regalado Luis Quilaleo un verano; quedó allí cuando decidí volverme a La Plata. Bajé hasta el montecito donde estaba el rancho de Carlos Quilaleo –el hermano mayor de Luis, unos quince años mayor que yo- y su mujer, Orfelina, rodeado por un cerco de grosellas y, más cerca del arroyo, por un ínfimo bosquecito de manzanos. Era la tardecita de un día de febrero de 1982 y el sol se había escondido un poco más al norte del Lanín; había cierta luz tenue, pero segura, de cualquier crepúsculo de verano.

Cuando Carlos se enojaba o se emocionaba se le hinchaban los ojos, y en especial una venita debajo del ojo izquierdo, como que ambos sentimientos tuvieran alguna extraña familiaridad. Pero esta vez, noté en él una mueca cálida y lágrimas en sus ojos. Quiso que nos apartáramos de la casa; apoyó su mano izquierda en mi hombro y, mientras caminábamos hacia el pequeño corral de las chivas, un poco más arriba del establo derruido, donde muchas noches yo había dormido sobre algunas parvas, me dijo con rigidez:

-Quiero que te quedes…

Enmudecido, no supe qué responderle que ya no supiera. Le había comentado durante días, de a poco, los motivos de mi regreso a La Plata.

-Tengo estas chivas, peñí –continuó, señalándome los animales del corral- y tengo algunas ovejas. Somos pobres, tal vez de los más pobres, cuñi fall, pero podés disponer de todos estos animales si necesitás dinero para quedarte. Mi casa es tu casa; en este rancho la familia estará incompleta y con tristeza si vos te vas. Todos necesitamos que te quedes. Te pido que no te vayas. Quiero que te quedes, mi piuqué lo comprende así.

Chiuquilihuín es un paraje claro y definido, pero de repente se me hizo borroso; había una especie de neblina o una polvareda que ganó mi mirada. Era demasiado escuchar que me dijera con severa emoción que así lo comprendía su corazón, y me atravesó esta incertidumbre que no me ha dejado gozar plenamente de los atardeceres, esta gratitud que me impele a vivir.

Entonces, sin embargo, me fui; pero me habré quedado.


miércoles, diciembre 15, 2004

Un prócer de carne y hueso


Hasta no hace mucho tiempo (digo, unos 50 o 60 años), Manuel Belgrano era el Padre de la Patria. San Martín había sido cuestionado por algunos actos de corrupción, junto con O'Higgins y Álvarez Condarco. Pero Belgrano fue, en cambio, una especie de guerrillero de la libertad: un abogado que, luego de participar en la Revolución, tomó las armas y fue ungido General. Un hombre que logró resonantes triunfos en Salta y en Tucumán, liberando al norte de la dominación realista.

Muchas cosas se cuentan de los próceres, y de Belgrano. Siempre se los hace monumentos, como diría Foucault; los hemos conocido -por la escolarización- como figuras pétreas, impolutas, íntegras, sin fisuras. Hombres imposibles. Quizás esa imposibilidad siempre se ve asociada, en cualquier tiempo, con el fantasma del fracaso: ¿quién podrá, en cualquier momento de la historia, igualar a esos próceres?

Belgrano, que fue soltero, tuvo un hijo natural, que luego crió Juan Manuel de Rosas. Creo que se llamó Pedro. Pero lo que no cuenta la historia es lo que acaba de contar Daniel Balmaceda, en su libro Espadas y corazones (aunque, según creo y para ser justo, es algo que relata el historiador García Hamilton). Manuel Belgrano hablaba con voz finita, "de pito", y caminaba rapidito y con pasos cortos. Imagino a ese guerrillero de la libertad y la revolución... Tan notable era ese modo, diríamos, corporal de Belgrano, que los soldados lo miraban con asombro. Un General amanerado casi, detestable para cualquier general en nuestra historia. No era el "soldadote" (como le decían los Escalada despectivamente), e hijo de una guaraní, que fue San Martín. Era un hombre más bien delicado, de andar poco varonil y menos rudo, de voz aflautada. Los soldados empezaron a llamarle simplemente cotorrita. "Cotorrita", liberador del Norte; "Cotorrita", el combatiente de la revolución.

Quizás (algunos lo sospechan) el más grande de nuestros próceres (al menos antes del encumbramiento de San Martín), es posible que haya sido homosexual. Quién sabe. En todo caso, un hombre que dio su vida por una causa y que lo hizo desde un cuerpo y una subjetividad que la historia necesitó ocultar. También, en todo caso, la historia es esa gran aventura (o esa tragedia, a decir de Marx) hecha por pequeños, desconocidos e insignificantes hombres y mujeres, que suelen quedar en el olvido (que es el mármol que sostiene a nuestros próceres). No en vano, la historia -cuando borronea la humanidad de sus hacedores- suele repetirse como farsa.




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